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La oscuridad del ser humano primitivo

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El ser humano como especie animal siempre ha tenido horror a la soledad. Y de todas las especies de soledad, la soledad moral es la más terrible.

Los primeros ermitaños vivían en su Dios, habitaban en el más poblado de los mundos: el mundo de los espíritus.

El primer pensamiento automatizado de cualquier ser humano; fuera primitivo, un leproso de la edad media o prisionero de cualquier época, un pecador, inválido, o pensador moderno, es éste: tener un compañero en su desgracia.

Para satisfacer este impulso: la vida misma, emplea toda su fuerza, su poder y las energías de toda su vida. ¿Hubiera encontrado compañeros Satanás, sin ese deseo todopoderoso? Sobre este tema se podría escribir todo un poema épico, que sería el prólogo del Paraíso Perdido, porque el Paraíso Perdido no es más que la apología de la rebelión.

Para acompañar su canto, que por el principio de correspondencia debió de ser gutural, el hombre primitivo empezó batiendo palmas o golpeando el suelo con los pies, luego usó distintos objetos, y finalmente construyo otros destinados al fin.

Los primeros instrumentos que se construyeron fueron los de percusión, y son los que prevalecen en nuestra era en las tribus salvajes. Los instrumentos de cuerda y de viento no aparecieron hasta más tarde, ya que presuponen aún en su estado más rudimentario, un grado de evolución cultural superior. Pero el problema de los orígenes de la música y de los instrumentos primitivos, es y será siempre insoluble.

La música como nos lo sugiere el sentir de nuestra intuición; ha nacido del deseo de expresar los sentimientos y comunicárselos a los demás por medio de la voz y de los instrumentos.

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Artículo realizado por Edgar Villalobos para la revista Ontology Time N1 p.6

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