180404 Como nace la música, Alan C

¿Cómo nace la música? I

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No son pocas las personas, amantes de la música, quienes se preguntan con frecuencia: ¿Cuál es el proceso que debe realizar un compositor para crear una obra trascendente? O ¿En realidad existe la “inspiración” de la que brotan las sonatas y sinfonías?

El estímulo creador, el cual comúnmente es llamado “inspiración”, es en realidad un conjunto de pensamientos activados por la predisposición natural de cada individuo. Hablar de predisposición no es referirse a alguna adivinación o “predestinación”, se trata de nada menos que la disposición anímica que cada persona emplea para llevar a cabo una actividad.

Cuando alguien se propone realizar una acción concreta, aplica un estado de ánimo para ejecutarla. Evidentemente, la conducta tomada para efectuar dicha actividad, influirá de manera tajante en los resultados de ésta. Por tanto, en el caso del compositor innato, el acto de componer equivale a una actividad natural; aunque desde luego, fundamentada en los principios académicos de la música.

Al ser activado el pensamiento del compositor, hará que indudablemente éste último se empeñe de manera práctica en exteriorizar la idea imaginada, pues poseer la mencionada predisposición no equivale a mantenerse en la espera pasiva del “soplo divino”. El compositor profesional, consciente de su productividad, se pondrá a componer día tras día, teniendo en cuenta que la dualidad concerniente a su labor provocará que unas veces el resultado sea más favorable que otras y viceversa, sin embargo, el hecho determinante es su capacidad para componer. La inspiración, podría decirse, es sólo un producto derivado.

Después de haber examinado la objetividad del impulso creador, emerge la parte práctica:

Es indispensable que el compositor esté siempre en relación creativa con la materia sonora. Es bastante común encontrar dentro de la idealización colectiva, debido a múltiples películas, la imagen mental que se tiene de Beethoven componiendo al aire libre, en medio del campo, debajo de un árbol. Hay que pensar, entonces, en que la música posee un elemento que, a pesar de tener bases inmutables, va en constante evolución, resultando cada vez más complejo y, por tanto, más laborioso su desarrollarlo al momento de componer. Ese elemento es la armonía.

A pesar de que la armonía es una parte esencial en la composición, es casi seguro que el compositor comenzará su trabajo con un “tema”, una idea musical que por lo general corresponde a la parte melódica, la cual es tomada del inconsciente colectivo que alberga el autor. El tema que acaba de germinar, no es más que una sucesión de notas (en el caso de ser melódico), la cual puede cambiar su carácter al variar la intensidad, la armonía o la agógica con la que es ejecutada, llevándola desde un sentido bélico a una canción de cuna.

Para que un tema tenga más posibilidades de expansión y así pueda recibir más significados, es necesario que sea corto. Un tema relativamente largo y complejo pocas veces permitirá al compositor verlo de otra forma. Un claro ejemplo de un tema corto es el famoso Allegro con brío de la Sinfonía n.º 5 en do menor de Beethoven, la cual, con el simple motivo (tema) principal, ha adquirido un prestigio descomunal, llegando incluso a ser utilizada para fines programáticos y proselitistas.

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Artículo realizado por Alan Cabrera para la revista Ontology Time N10 p.14